Dios nos llama en Cristo, a una vida de santidad en medio de un mundo de corrupción. Algo no fácil, pero sí, posible con la ayuda de su Espíritu Santo.
Por eso, hermanos, estemos preparados y usemos del buen juicio. Pongamos toda la esperanza en lo que Dios en su bondad nos va a dar cuando Jesucristo aparezca. Como hijos obedientes, no vivamos conforme a los deseos que teníamos antes de conocer a Dios. Al contrario, vivamos de una manera completamente santa, porque Dios, que nos llamó, es santo; pues la Escritura dice: «Sean ustedes santos, porque yo soy santo.» Si nosotros llamamos «Padre» a Dios, que juzga a cada uno según sus hechos y sin parcialidad, debemos mostrarle reverencia durante todo el tiempo que vivamos en este mundo. Pues Dios nos ha rescatado a nosotros de la vida sin sentido que heredamos de nuestros antepasados; y nosotros sabemos muy bien que el costo de este rescate no se pagó con cosas corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, que fue ofrecido en sacrificio como un cordero sin defecto ni mancha. Cristo había sido destinado para esto desde antes que el mundo fuera creado, pero en estos tiempos últimos ha aparecido para bien de nosotros. Por medio de Cristo, nosotros creemos en Dios, el cual lo resucitó y lo glorificó; así que nosotros hemos puesto la fe y la esperanza en Dios. Ahora nosotros, al obedecer al mensaje de la verdad, nos hemos purificado para amar sinceramente a los hermanos. Así que debemos amarnos unos a otros con corazón puro y con todas las fuerzas. Pues nosotros hemos vuelto a nacer, y esta vez no de padres humanos y mortales, sino de la palabra de Dios, que es viva y permanente. Porque la Escritura dice: «Todo hombre es como hierba, y su grandeza es como la flor de la hierba. La hierba se seca y la flor se cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre.» Y esta palabra es el evangelio que se nos ha anunciado a nosotros. 1 Pedro 1:13-25