Entonces se fueron los fariseos y
consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra.
Y le enviaron los discípulos… diciendo: Maestro, sabemos que
eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no
te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues,
qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Pero Jesús, conociendo la
malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la
moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario. Entonces les dijo: ¿De
quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad,
pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Oyendo esto, se
maravillaron, y dejándole, se fueron. Mateo 22:15-22
Este pasaje bíblico nos cuenta el
momento cuando los fariseos le hacen una pregunta tramposa a Jesús, con el
propósito de acusarle según lo que decía con respecto al tema que le
planteaban. Pero Jesús conocedor del pensamiento humano, le responde con
sabiduría y los deja sin argumento.
Cuantas veces a nosotros nos pasa lo
mismo, hay personas que se acercan para plantearnos situaciones que son
tramposas. Preguntas que no buscan una respuesta sincera para aprender, sino
preguntas que tienen doble sentido con el propósito de acusarnos de algo.
Es necesario ante cualquier pregunta,
tomarse el tiempo para discernir cuál es la intención, y pensar la respuesta a
dar. Sobre todo, depender del Espíritu de Cristo, para responder con sabiduría
y no quedar avergonzado. Aun es bueno practicar esto entre hermanos de
distintas congregaciones, porque hay veces que al encontrarnos, nos plantean
preguntas con la clara intención de discutir o cuestionar algo de la
congregación y sus prácticas, y no para crecer en el Señor a través de la
comunión con otros hermanos.
Todo lo que tenga la imagen del César,
le pertenece al César, como ser las discusiones sin sentidos, las acusaciones,
los juicios, las enemistades, el odio escondido, el amor al dinero, el orgullo
espiritual, las habladurías, los rencores, la malicia, la inmoralidad, etc.
Pues, dejemos esas cosas que son del César, que disfruten los que son del César.
Nosotros, demos a Dios lo que es de Dios. Ahora bien, usted se preguntará, ¿Qué
es lo que debemos dar a Dios? Todo lo bueno que se relaciona con Dios y lo que
tenga la imagen de Dios, es de Dios. La biblia dice; Tuyos son, Señor, la grandeza y
el poder, la gloria, la victoria y la majestad, en el cielo y en la tierra.
Tuyo también es el reino, y tú estás por encima de todo. De ti proceden la
riqueza y el honor; tú lo gobiernas todo. En tus manos están la fuerza y el
poder, y eres tú quien engrandece y fortalece a todos. Por eso, Dios nuestro,
te damos gracias, y a tu glorioso nombre tributamos alabanzas. 1 Crónicas
29:11-13
Esto nos enseña que, todo lo que somos y
todo lo que tenemos, es de Dios. Entonces ¿Qué le podemos ofrecer? El Señor no
necesita los bienes que puedo tener, no necesita el dinero que pueda ganar, no
necesita mi presencia continuamente en el templo, menos aún que haga beneficios
para recaudar fondos. Es verdad, todo eso necesita la institución a la cual se
asiste, pero no es Dios quien pide, eso solo es parte de sostener materialmente
el lugar donde se reúne la iglesia con el propósito de encontrarse con los
hermanos físicamente y adorar a Dios juntos como familia.
Es aquí donde debemos prestar atención, porque
nuestro Señor Jesucristo, vino a traernos y nos entregó a todos los que creemos
en él, vida y vida en abundancia. Por lo tanto, todo lo que proviene de Dios,
es de Dios, lo primero que debemos darle diariamente, es nuestra vida. Eso no significa que se debe
vivir en el templo y llenarse de actividades, eso es religiosidad, no vida de
plenitud.
Cuando se desarrolla las tareas diarias,
en el hogar, en el trabajo, en la calle, en el lugar donde hacemos las compras,
con las amistades, en el deporte o recreación, es ahí que debemos ofrecerle a
Dios lo que es de Dios, una vida llene del fruto del Espíritu, una vida rendida
al Señor, una vida al servicio de mi prójimo, una vida de gratitud a Dios, una
vida pública y privada tranquila y en paz, una vida que al observarnos las
personas glorifiquen a Dios, en definitiva, una vida santificada al servicio
del reino de Dios, llena de amor y misericordia mostrando lo hermoso que es
vivir y disfrutar la vida en Cristo.
Los abraza en Cristo. P. Sosa